Notes on an escape / Notas de un escape

Our month-long trip in 2024 was a lucky opportunity to undertake a recognition of India, or at least a little of India.


In the last days of our trip to Canada, only on one of those nights when the body is exhausted and the tasks of the day have ended, the conversation about our next expedition was opened.


Two potential destinations competed for 2025: the west coast of Africa, from Morocco to Angola, let's say Namibia, since it is almost impossible to resist the beauty of its lands, or South Asia, from Tibet to Sri Lanka. So we decided to start a high-level planning to make a better informed decision. Only two weeks later, with the information collected, it became clear that going to South Asia presented greater challenges owing to the richness of history, the variety of multiple laws and regulations, the climate, the diversity of ecosystems and the various manifestations of cultures that make the region a great attraction.



During the first two months of the year, we explored the information available about each of the countries, and our questions multiplied exponentially. Through one of the coincidences of life, of the kind that one makes happen, we arrived in New Delhi to deepen our understanding.



After 15 hours of flight, we landed at dawn. The security and immigration checks were simple since we had applied for an electronic visa that was easy to obtain once we overcame the barriers of the registration form. Our time in India was uncertain; we had three to five weeks available, one of which would be exclusively for work and the others in a mixture of exploration and remote work. Our only goal was to understand better the dynamics in the region.


During the flight, our questions multiplied and our curiosity intensified: how would it feel to live in a gigantic city we know almost nothing about?



We arrived at dawn, and the pink tones of the first rays of the sun were already illuminating the horizon. After completing the necessary immigration procedures and discovering that the only way to obtain rupees would be in the currency exchange, we headed to the taxi area. Almost immediately, we were accompanied by men who greeted us with a hasty courtesy that contrasted with our calm greeting. However, one of them persisted until the payment booth and, without hesitation, took the ticket that forced us to take his service. It was not being rude, only intense and determined, driven by his need to start his day. We arrived at his car and, as often happens with what is not intended for us, he was completely surrounded by other vehicles in line, so he had to pass on the service to the next available vehicle. A good lesson.




The exploration of Delhi began in a park, where the parrots welcomed us. The presence of trees, vegetation and new species of birds brought a feeling of tranquillity and delight, as if we were coming home.


Old Delhi


After warm encounters with generous people, we continued our exploration, visiting the old historic centre. An avalanche of sensations swept our bodies and our consciousness: colours, people, means of transport, narrow streets, smells, sounds, food, and hundreds of new elements emerged with each step. We tried the most delicious samosas and the most traditional lassi, with almonds and saffron, and thus began a challenging process of testing our beliefs, both stimulating and demanding at the same time.



We explored the great historical and religious monuments, and from one place to another, common social practices allowed us to enjoy, among other things, a unique and always present aesthetic that contrasts with the worn appearance of buildings, the uniqueness of body language, the diversity and synchronicity of religious practices, the richness of street food, the beauty of colours, the ways in which people earn a living, the severe contrasts in all dimensions of existence, the massive preponderance of men in the streets and in establishments, the greatness of textiles, The abundance of skills and ways of production, the magnificence of artistic expressions, and a story that feels infinite and seems to transcend the limits of time.



Without a doubt, this would be a wonderful and challenging route, a set of destinations that would occupy our attention and challenge our understanding of the world as we know it, in which we would spend our energy to its limits. So we continued the journey with curiosity and a tacit acceptance of what was to come.


Alan & Marce


En español

 En los días finales de nuestro viaje por Canadá, justo en una de esas noches en las que el cuerpo está exhausto y las tareas del día han concluido, se abrió la conversación sobre nuestra siguiente expedición.


En 2025, competían dos posibles destinos: la costa occidental de África, desde Marruecos hasta Argelia —mejor diríamos Namibia, casi imposible resistir la belleza de sus tierras—, o el sur de Asia, desde el Tíbet hasta Sri Lanka. Decidimos, entonces, iniciar una planificación de alto nivel para tomar una decisión mejor informada. Solo dos semanas después, con la información recopilada, quedó claro que el viaje hacia el sur representaba desafíos mayores debido a la cantidad de países, la riqueza de la historia, la conciliación de múltiples legislaciones, el clima, la diversidad de ecosistemas y las distintas manifestaciones culturales que hacen de la región una gran atracción.


Durante los dos primeros meses del año, exploramos de manera constante la información disponible sobre cada uno de los países, y las preguntas crecieron exponencialmente. Por coincidencias de la vida, de esas que uno provoca, llegamos a Nueva Delhi para profundizar nuestro entendimiento.


Después de 15 horas de vuelo, aterrizamos al amanecer. Los controles de seguridad y de migración fueron sencillos, ya que habíamos solicitado una visa electrónica que resultó fácil de obtener, una vez superadas las barreras del formulario de registro. Nuestro tiempo en India era incierto; contábamos con tres a cinco semanas disponibles, una de las cuales sería exclusivamente de trabajo y las restantes en una mezcla de exploración y trabajo remoto. Nuestro único objetivo era entender mejor la dinámica en el territorio.


Durante el vuelo, aumentaron las preguntas y se avivó la curiosidad: ¿cómo se sentirá vivir en una ciudad gigantesca sobre la que apenas tenemos conocimiento?


Llegamos al amanecer, y los tonos rosáceos de los primeros rayos del sol ya iluminaban el horizonte. Tras realizar los trámites migratorios necesarios y descubrir que la única forma de obtener rupias sería en la casa de cambios, nos dirigimos a la zona de taxis. Casi de inmediato, nos acompañaron hombres que nos saludaban con una gentileza acelerada y que cambiaban su atención por nuestro saludo calmado. Sin embargo, uno de ellos persistió hasta la taquilla de pago y, sin dudar, tomó en su mano el tiquete que nos obligaba a su servicio. No fue un proceso brusco, solo intenso y determinado, movido por la seguridad de su necesidad de comenzar su día. Arribamos a su coche y, como suele ocurrir con lo que no nos toca, este estaba completamente rodeado por otros vehículos haciendo fila, por lo que le tocó entregar el servicio al siguiente coche disponible. Buena lección.


La exploración de Delhi comenzó por un parque, donde los periquitos nos dieron la bienvenida. La presencia de árboles, el verdor y nuevas especies de pájaros trajeron una sensación de tranquilidad y deleite, como si llegáramos a casa.


Después de cálidos encuentros con personas generosas, continuamos nuestra exploración visitando el antiguo centro histórico. Una avalancha de sensaciones llegó a nuestro cuerpo y consciencia: colores, gente, medios de transporte, calles estrechas, olores, sonidos, comida y cientos de elementos nuevos aparecían con cada paso. Probamos las más deliciosas samosas y el lassi más tradicional, con almendras y azafrán, y así comenzamos un proceso desafiante de nuestras creencias, estimulante y exigente al mismo tiempo.


Recorrimos los grandes monumentos históricos y religiosos, y de un lugar a otro, las prácticas sociales más comunes nos permitieron disfrutar, entre otras cosas, de una estética singular y siempre presente que contrasta con la apariencia desgastada de las edificaciones, de la singularidad del lenguaje corporal, de la diversidad y coexistencia de las prácticas religiosas, de la riqueza de la comida en las calles, de la hermosura de los colores, de las formas de ganarse la vida, de los severos contrastes en todas las dimensiones de la existencia, de la masiva presencia de hombres en las calles y establecimientos, de la grandeza de los tejidos, de la abundancia de habilidades y formas de producir, de la magnificencia de las expresiones artísticas, y de una historia que se siente infinita y que parece no caber en las líneas del tiempo.


Sin duda, esta sería una ruta maravillosa y desafiante, un conjunto de destinos que ocuparía nuestra atención y que desafiaría nuestra comprensión del mundo tal como lo conocemos, en la que usaríamos nuestra energía hasta los límites. Así que continuamos el viaje con curiosidad y una aceptación no expresada de vivir lo que viniera.


Después de 15 horas de vuelo, aterrizamos al amanecer. Los controles de seguridad y de migración fueron sencillos, ya que habíamos solicitado una visa electrónica que resultó fácil de obtener, una vez superadas las barreras del formulario de registro. Nuestro tiempo en India era incierto; contábamos con tres a cinco semanas disponibles, una de las cuales sería exclusivamente de trabajo y las restantes en una mezcla de exploración y trabajo remoto. Nuestro único objetivo era entender mejor la dinámica en el territorio.


Durante el vuelo, aumentaron las preguntas y se avivó la curiosidad: ¿cómo se sentirá vivir en una ciudad gigantesca sobre la que apenas tenemos conocimiento?


Llegamos al amanecer, y los tonos rosáceos de los primeros rayos del sol ya iluminaban el horizonte. Tras realizar los trámites migratorios necesarios y descubrir que la única forma de obtener rupias sería en la casa de cambios, nos dirigimos a la zona de taxis. Casi de inmediato, nos acompañaron hombres que nos saludaban con una gentileza acelerada y que cambiaban su atención por nuestro saludo calmado. Sin embargo, uno de ellos persistió hasta la taquilla de pago y, sin dudar, tomó en su mano el tiquete que nos obligaba a su servicio. No fue un proceso brusco, solo intenso y determinado, movido por la seguridad de su necesidad de comenzar su día. Arribamos a su coche y, como suele ocurrir con lo que no nos toca, este estaba completamente rodeado por otros vehículos haciendo fila, por lo que le tocó entregar el servicio al siguiente coche disponible. Buena lección.


La exploración de Delhi comenzó por un parque, donde los periquitos nos dieron la bienvenida. La presencia de árboles, el verdor y nuevas especies de pájaros trajeron una sensación de tranquilidad y deleite, como si llegáramos a casa.


Después de cálidos encuentros con personas generosas, continuamos nuestra exploración visitando el antiguo centro histórico. Una avalancha de sensaciones llegó a nuestro cuerpo y consciencia: colores, gente, medios de transporte, calles estrechas, olores, sonidos, comida y cientos de elementos nuevos aparecían con cada paso. Probamos las más deliciosas samosas y el lassi más tradicional, con almendras y azafrán, y así comenzamos un proceso desafiante de nuestras creencias, estimulante y exigente al mismo tiempo.


Recorrimos los grandes monumentos históricos y religiosos, y de un lugar a otro, las prácticas sociales más comunes nos permitieron disfrutar, entre otras cosas, de una estética singular y siempre presente que contrasta con la apariencia desgastada de las edificaciones, de la singularidad del lenguaje corporal, de la diversidad y coexistencia de las prácticas religiosas, de la riqueza de la comida en las calles, de la hermosura de los colores, de las formas de ganarse la vida, de los severos contrastes en todas las dimensiones de la existencia, de la masiva presencia de hombres en las calles y establecimientos, de la grandeza de los tejidos, de la abundancia de habilidades y formas de producir, de la magnificencia de las expresiones artísticas, y de una historia que se siente infinita y que parece no caber en las líneas del tiempo.


Sin duda, esta sería una ruta maravillosa y desafiante, un conjunto de destinos que ocuparía nuestra atención y que desafiaría nuestra comprensión del mundo tal como lo conocemos, en la que usaríamos nuestra energía hasta los límites. Así que continuamos el viaje con curiosidad y una aceptación no expresada de vivir lo que viniera.


Alan y Marce


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